ACTO SEGUNDO


 
Salen Doña BLANCA y ANTONIA
BLANCA: Largo día. ANTONIA: Temerario. BLANCA: Nunca le he visto mayor. ANTONIA: Es, en secretos de amor, la luz el mayor contrario. BLANCA: ¡Ay, noche, que siempre en ti libra amor sus esperanzas, corre, que si no le alcanzas no queda remedio en mí! Apresura el negro coche donde las mías están, ya que fuiste de San Juan, que es la más pública noche. De Europa, en el mar te baña sobre el amoroso toro, y ven con máscara de oro desde las Indias a España. Si, coronada de rosas, esperan otros amantes la aurora, yo los diamantes de tus alas perezosas. Despierta, noche, que estoy sin vida por ti. ¿Qué aguardas? Pero tanto más te tardas cuanto más voces te doy. ANTONIA: Haste aliñado tan presto, que has hecho mayor el día. BLANCA: Previene amor la osadía, y él me ha vestido y compuesto; que ya mi hermano ha sabido que quiero salir al Prado, porque con esto, engañado, no repare en el vestido. ¿Has avisado al cochero? ANTONIA: ¿A las cuatro de la tarde le he de avisar? BLANCA: ¡Qué cobarde me entretiene el bien que espero! Todo pienso que ha de ser estorbo a mi pretensión. ANTONIA: La misma imaginación no te deja entretener. Suspende sólo un momento al pensamiento el cuidado. BLANCA: Ya pienso, y lo que he pensado es el mismo pensamiento. ¿Aguardaré desta suerte a don Pedro? ANTONIA: Tal estás, que, con ser mujer, me das mis ansias de hablarte y verte. BLANCA: ¿Tendrá mi propio cuidado don Pedro? ANTONIA: En la calle está. BLANCA: ¿Podrá verme? ANTONIA: Bien podrá; pero no será acertado. BLANCA: ¿Si vio hacer las escrituras? ANTONIA: Todo pienso que lo vio. BLANCA: ¿Y quieres que tenga yo mis esperanzas seguras? Yo muero, y la noche duerme, ¡ay de mí! ANTONIA: Sosiega un poco. BLANCA: Mejor podrá mi amor loco matarme que entretenerme. ANTONIA: Toma un libro que hay aquí de comedias. BLANCA: ¿Para qué? Pues si es de amores, yo sé que él puede buscarla en mí. ¿No has visto aquellos afectos tan vivos de dos amantes? Pues di a los representantes que vengan a hurtarme afectos. ANTONIA: A lo menos tú pudieras imitar sus relaciones con que tus locas pasiones, amorosa, entretuvieras. BLANCA: Bien dices, y tú serás la criada de la dama. ANTONIA: Di, que ya el vulgo te aclama, si acción a los versos das. porque en muchas ocasiones que prevenirle pretende, celebra lo que no entiende no más de por las acciones. BLANCA: Una mañana de abril, cuando nueva sangre cobra cuanto en tierra, en aire, en agua o corre, o vuela, o se moja; cuando por los secos ramos nuevo humor pimpollos brota, en cuyas pequeñas cunas están los frutos sin forma; cuando filomenas dulces cantan, y piensan que lloran, haciendo músicos libros de los álamos las copas con achaques del color (invención de gente moza, que contra el recogimiento tal vez por remedio toma) bajé a la Casa del Campo, cuando la celeste concha, abierto el dorado nácar flores bañaba en aljófar. Llevaba por compañía esas dos esclavas solas, que por el color pudieran servir para el sol de sombra. Tuve licencia de entrar, y entre los cuadros que a Flora viste de tomillo el arte lazos de sus verdes orlas, anduve mirando fuentes que despeñadas se arrojan de la altura en que se crían a lo llano, en que se postran. Las nuevas rosas cogía de las ramas espinosas tan doncellas, que aun guardaban la clausura de las hojas. Las que mostraban color abríalas con la boca, trocando aliento con ellas por quedarme con la copia. Miraba otra vez atenta aquella estatua famosa del nieto de Carlos Quinto, que ya los cielos coronan; padre de nuestro divino monarca y señor, que adoran dos mundos, por quien España tantas esperanzas logra, y aquel valiente caballo, que renueva la memoria del que llevaron los griegos fatal engaño de Troya, tan vivo, que imaginaba que escuchara temerosa los relinchos por Atlante de tanta grandeza heroica. Un obelisco de mármol no lejos, por unas diosas y sátiros vierte plata sobre las inquietas ondas. Hay unos olmos enfrente, que de yedras trepadoras han hecho eternos vestidos, galas de su verde pompa. Allí me senté cansada, cuando por la senda propia vino don Pedro a matarme, que yo no pienso otra cosa. Mira tú si son estrellas las que las almas provocan; pues se me turbó la mía con unas nuevas congojas. Aquí puedes tú pensar qué palabras, qué lisonjas me diría, cuando a un hombre la soledad ocasiona. Allí entró por las esclavas, esto del sol y la sombra, y que tras la noche negra venía la blanca aurora. Que era yo la primavera, y que presidiendo a todas las flores, las repartía colores blancas y rojas. Oíle, y vi ser verdad, que no importa que la honra sea diamante, cuando hay cera por donde ternezas oiga. Como si le hubiera visto y concertado las horas que había de estar allí, hace que a los pies me pongan una toalla, dos cajas, ésta azahar, aquélla alcorzas. Y muy hallado conmigo, suena la música ronca en un cubo que traía su poco de cantimplora (y de plata, por lo menos). Y quitándole a una bota, de aquello que a un hombre afrenta una torneada gorra, enjuaga un criado aprisa una cristalina copa y me brinda el tal galán, como si fuera su novia. Para este brindis había una colorada lonja, por quien Garrobillas hace que gasten tantas arrobas. Yo atónita del suceso y del hombre estaba absorta, y comiendo por los ojos, aun no acertaba a la boca. Acabóse aquesta fiesta y comenzamos por otra, que fue pedirme una mano. (Tengo por cosa notoria que compañeros de mesa luego apelan a las bodas.) Allí le dije quién era, y él, la cara vergonzosa, retira la mano al pecho y el pensamiento reporta. Pidióme perdón, humilde, y perdonéle, amorosa; que quien ofensas desea, a pocos ruegos perdona. Y en tanto que los criados (hallados ya con las moras, que, al ejemplo de los dueños, fácilmente se conforman) de segunda mesa estaban atentos a lo que sobra, presumiendo que tenían para su señor señora. Con notable cortesía, me contó de su persona y casa, bien cuerdamente, una bien trazada historia. Allí supe de sus pleitos, que no era jornada ociosa supe su nombre, y su patria que era, en Navarra, Pamplona. Con esto se iba encendiendo del sol la dorada antorcha; con que me volví a la villa, y él de mi casa se informa, donde papeles, deseos y terceras amorosas de mi voluntad le dieron la merecida victoria. Tú sabes ya lo demás. Este fué el principio, Antonia, deste suceso, a quien ya sólo para ser su esposa me falta que aquesta noche sus estrellas me socorran. Y no más, porque mi hermano de ver su cuñado torna. Amor, si eres dios, ¿qué esperas? Así olorosos aromas te sacrifiquen amantes que favorezcas ahora mi pretensión, pues es justa, para que yo reconozca que remuneras las penas con las merecidas glorias.
Sale don BERNARDO
BERNARDO: En el hábito en que estás y en la corta bizarría echo de ver, Blanca mía, que esta noche al campo vas. ¿Quieres hacerme un placer, pues que yo te dejo ir? BLANCA: ¿En qué te puedo servir? BERNARDO: Merced me puedes hacer. Vete en cas de mi Leonor, pues que ya somos hermanos, y besarásle las manos; paga, que es justo su amor; y las dos os podréis ir juntas esta noche al Prado. BLANCA: Tú verás con el cuidado que yo la voy a servir. BERNARDO: Yo te daré que la lleves, como que es tuya, una joya. BLANCA: ¡Bravo amor! BERNARDO: ¡Ardese Troya! muestra el amor que me debes. BLANCA: ¿Dónde está la joya? BERNARDO: Ven y escoge de las que traigo. BLANCA: ¿Tú liberal? Mas ya caigo, Bernardo, en que quieres bien. (Los cielos me dan favor Aparte contra el mayor enemigo. BERNARDO: ¡Qué murmuras, Blanca? BLANCA: Digo que es muy hermosa Leonor. BERNARDO: Dila mil cosas de mí, que quiero que la enamores. BLANCA: Toda esta noche es de amores. ¡Oh, si amaneciese ansí!
Vanse. Salen Doña LEONOR e INÉS
LEONOR: No trates de consolarme, que es consolarme ofenderme. INÉS: ¿Adónde vas? LEONOR: A perderme. INÉS: ¿Qué piensas hacer? LEONOR: Matarme; que no puede remediarme sino la muerte en tan fuerte desdicha. INÉS: Señora, advierte. . . LEONOR: No tienes que me advertir, que el más penoso morir es dilatando la muerte. ¡Ausentarse nos bastaba don Juan, que es luz de mis ojos, sin añadir los enojos de una violencia tan brava! Si mi hermano se casaba, ¿por qué me casaba a mí? Pero si a don Juan perdí, saldrá don Luis con matarme, mas no saldrá con casarme, puesto que haya dado el sí. Cánsese en locos intentos, más que el mar deshace espumas, que dagas no son las plumas que firman los casamientos; antes son los fundamentos, cuando no los junta amor, para apartarlos mejor; y esto de daga de hermano es tempestad de verano: poco rayo y gran temor. INÉS: ¿De qué te espantas que huya de verte casar don Juan, puesto que tan cerca están de que todo se concluya? LEONOR: A ser firmeza la suya, él viera que no podía vencer la muerte a la mía; mas como no la hay en él, por no matarme cruel, inconstante se desvía.
Sale TELLO, de camino
INÉS: ¿Quién viene aquí? TELLO: ¿No lo ves? INÉS: ¿Es Tello? TELLO: Linda razón, Echame la bendición y dame, Leonor, los pies. LEONOR: ¿Qué es esto? TELLO: Partir, Señora. LEONOR: ¿Partir? ¿Con tal brevedad? No tiene de sí piedad, Tello, quien se aparte agora, pues víspera de San Juan. TELLO: Somos de Mantua marqueses, que por los ríos franceses la caza buscando van. Los tiempos son calurosos; pienso que Sierra Morena nos ha de dar mala cena, aunque hay conejos famosos; si bien no tienen igual con el Parque de Madrid. LEONOR: Partid, ingratos, partid, para qué dejéis mortal una mujer que engañastes. TELLO: ¿Yo, señora? LEONOR: Sí, los dos; que habéis de dar cuenta a Dios del daño que me causastes. TELLO: De Inés vaya, mas ¿de ti? LEONOR: Tú, traidor, fuiste el primero pintándome caballero a un ladrón. TELLO: ¿Ladrón? LEONOR: Sí. TELLO: ¿Sí? Antes hasta el nombre tiene hurtado. LEONOR: Eso digo yo; que quien hasta el nombre hurtó este nombre le conviene. TELLO: Pues yo tengo imaginado que fuera, Leonor discreta, mejor para ser poeta, porque fuera todo hurtado. Mas sé, que si visto hubieras lo que este pobre ha pasado, que restituyó lo hurtado, y aun lo por hurtar, dijeras. Ha hecho cosas crueles consigo, y tanto lloró, que pienso que jabonó con lágrimas tus papeles. No ha comido ni he podido hacer que tome un bizcocho; que hoy, Leonor, desde las ocho ayuna al partir Cupido. Allá, con razones tibias, dice que muere en tu fe, por más que le prediqué en un púlpito de Esquivias. Cuando vió traer las mulas, campanillas de un ausente (no sé cómo este accidente sin lágrimas disimulas), la manga desabotona del jubón y rompe aprisa la trenza de la camisa. No de romana matrona, sino de Scévola brazo, toma un cuchillo; yo corro al socorro, y el socorro se me volvió puntillazo, con que dando en un baúl en esta pierna, al contrario, un hábito trinitario traigo entre rojo y azul. Luego, por huir, topé con la esquina de un bufete, que es bufón que se entremete, o golpe o estorbo fué, y metióme en la barriga la esquina de tal manera, que dando pasos afuera anduve de viga en viga, hasta que di sobre un arca, adonde sin ser yo mona, haciéndome de corona vine a quedar por monarca. LEONOR: Y el cuchillo, ¿en qué paró? TELLO: Que, sin mandarlo Avicena, del corazón en la vena con la punta se picó. Mojó en la sangre una pluma, y apercibiendo papel, escribió con ella en él de sus desdichas la suma. Pelícano, en fin, Leonor, si no cernícalo, ha sido, que estoy, por mal prevenido, baldado de cazador. LEONOR: Muestra, aquí dice: "Estas son hoy de mi fe las postreras reliquias." Alma, ¿qué esperas? Voy a echarme del balcón. INÉS: ¿Señora? TELLO: ¡Señora! INÉS: Tente. TELLO: Detente. INÉS: ¿Estás loca? LEONOR: Sí. Mataréme desde aquí luego que don Juan se ausente. Por eso dile que venga a verme, o que muerta soy. TELLO: Espera, yo iré, ya voy. LEONOR: Pues venga, y no se detenga, que si en la mula le veo, me arrojaré del balcón. TELLO: Caerás en el pozo airón. LEONOR: ¿Qué infierno como un deseo? TELLO: ¡Oh, Hero, de gran valor! ¡Oh Leandro, que nadando vas en una mula, cuando navegas el mar de amor! (Vase.) INÉS: Impertinente has estado en este necio coloquio. LEONOR: Pues escucha un soliloquio, de mis desdichas traslado. INÉS: No, por Dios, que son efetos de menos satisfacción y quitarás de invención lo que gastes de concetos. Poco más o menos, sé cuanto me puedes decir.
Salen Don JUAN, de camino, y TELLO
JUAN: ¿Que no me puedo partir? TELLO: Ya no es posible. JUAN: ¿Por qué? LEONOR: ¡Jesús! ¿don Juan de camino? INÉS: Desmayóse. TELLO: Llega presto. JUAN: Buenas andan mis desdichas, buenos van mis pensamientos. ¡Leonor!, ¡ah, Leonor! TELLO: Murióse. JUAN: ¿Cómo murióse? En los cielos (si hay soplo que a tanto baste) se morirá el sol primero. Aquí, estrellas, que se eclipsa la luna deste hemisferio. Si soy la tierra, ¡ay de mí!, que vine a ponerme en medio. Aquí, celestiales luces, hermoso planeta Venus, que no habrá amor en el mundo y será su fin más presto. Aquí, polos, que tenéis de los cielos el gobierno, diamantes desenclavados de aquellos dorados techos. Primavera, que se mueren las rosas, acudid presto. Campos, mirad que os espera un luto de eterno invierno. Excelsos montes de nieve ésta falta en vuestros puertos, ¡adónde iréis por blancura que encubra vuestros defetos? Dadme esas manos, mi bien, ¡es posible, hermoso hielo, que no te despierta Fénix, el sol de mi ardiente fuego? ¡Ay, elementos, haced llanto! El aire, por su aliento aromático; las aguas, por el cristal de su pecho; la tierra, por tantas flores, y por tanta luz, el fuego. Ea, ¿qué aguardáis? Venid, sol, estrellas, luna, Venus, polos, montes, nieves, campos, agua, fuego tierra y vientos. Pues esto sufrís, cielos, ya el mundo se acabó, su sol se ha muerto. TELLO: Nunca te he visto ensartar, con relámpagos y truenos, tantos desatinos juntos. JUAN: Pues ¿qué quieres, si no veo señal de cielo en sus ojos, señal de azahar en su aliento? Oh, nunca pasara el mar, o al través diera mi leño en la canal de Bahama; fuérase a pique hasta el centro el navío en que venimos sepultara el mar mi cuerpo. TELLO: ¿Y qué hicieran a Leonor los demás que estaban dentro, viniendo a lograr a España sus trabajos y sus pesos? ¡Por Dios, que había de pedir prestada para aquel tiempo su ballena al buen Madrid para meterme en su pecho! JUAN: Quéjate, España, de mí, que a Colón he sido opuesto; que él trujo a España las Indias y yo sin Indias la dejo. Aquí la plata y el oro, para siempre se perdieron, las piedras y los diamantes. TELLO: Ea, di que marineros y maestros y pilotos aprendan oficios nuevos; que buenas quedan las Indias, si quedan, por tus enredos, sin Cerro de Potosí, que vale infinitos pesos. JUAN: Tello, yo no quiero vida; yo no quiero vida, Tello. TELLO: Pues, ¿quién te ruega con ello? JUAN: Ya no me queda remedio. Pues esto sufrís, cielos, ya el mundo se acabó, su sol se ha muerto.
LEONOR vuelve en sí
LEONOR: ¿Qué es esto, Inés? ¿Quién da voces? INÉS: Albricias, señor, que ha vuelto del desmayo. JUAN: ¡Leonor mía! LEONOR: ¿Quién me llama? JUAN: Ya volvieron el sol, la aurora, y el día, cielos, a su ser primero. LEONOR: Atenta, cruel don Juan, a tus engaños, que han hecho sirenas del mar de amor mis desdichas y tu ingenio; no te quise interrumpir, por ver si en tantos enredos hallaba alguna verdad, de tu sentimiento ejemplo. Pero si alguna lo ha sido, ¿qué furia, qué movimiento de tu condición mudable te lleva a matarme, haciendo culpa la firmeza en mí con que te adoro y respeto? Que quien los respetos culpa, no quiere estimar los yerros, porque temerá que se hagan quien se ha de obligar con ellos. No es culpa la que procede de la fuerza, ni yo tengo más ley que tu voluntad, más fe que tu pensamiento. Dime tú, pues que de mí te dió el cielo el mero imperio: "Leonor, en esta desdicha este remedio tenemos"; que si fuere atropellar vida, honor, hermanos, deudos, patria, y aun alma, aquí estoy. JUAN: ¿Es eso cierto? LEONOR: Y tan cierto que no hay a la ejecución un átomo solo en medio. Pues dame esa mano, y vamos donde firme juramento para siempre nos obligue, que ya con su manto negro nos viene a cubrir la noche, y sin ser vistos podremos salir, llegar y jurar; que depositada luego, en voluntades conformes, ¿qué importan fuerzas ni pleitos? LEONOR: Inés, toma tú mis joyas, y cuando aquí vuelva Tello venid entrambos adonde él te enseñe y yo te espero. ¿Es amor esta locura? ¿Es lealtad este deseo? ¿Es verdad esta fineza? JUAN: Tú, como del alma dueño, te responde. Tello, vamos, que esta noche por lo menos sí se alabare del hurto, no del prestado silencio, que entre tanta gente y voces seguros, señora, iremos, que lo que suele estorbar, sirve agora de remedio. Si dejar por su marido casa y padre es ley del cielo, ¿a quién ofendo en dejarlo, pues hoy al cielo obedezco?
Vanse los dos
TELLO: Plegue a Dios que no tengamos mal San Juan. INÉS: ¡Ay, Tello, temo la condición de su hermano; que ser don Juan caballero de tanto valor, no importa, pues con este casamiento el de Blanca queda en blanco; fuera de no ser bien hecho sacarle su hermana ansí. TELLO: No quiso hablar mi escarmiento; que si por lo del cuchillo me vi entre sus manos muerto, con esta ocasión ¿qué hiciera? ¡Oh, amantes!: ¿Qué atrevimiento perdona vuestra locura? Voy a seguirlos, que pienso que habrá menester las manos. INÉS: Yo, Tello, entretanto, quiero sacar joyas y vestidos. TELLO: Yo vendré por ti y por ellos.
Vase TELLO. Sale Don LUIS dirigiéndose a alguien dentro
LUIS: Di, Fernando, a Marcial que saque el coche porque es breve la noche, y la puedan gozar en Soto o Prado. INÉS: (Don Luis es éste; toda me ha turbado.) Aparte LUIS: Inés, ¿adónde está Leonor, mi hermana? Que querría que fuese por mi esposa para que juntas esta noche hermosa (pues hace competencia al mejor día) comenzasen tan dulce compañía en músicas, en álamos y en fuentes. INÉS: No habéis estado en eso diferentes, que ya, señor, tu pensamiento hurtado por ella fué para llevarla al Prado. LUIS: ¡Oh qué placer me ha hecho, al fin discreta! ¿Qué paz puedo esperar que no prometa anticiparse a visitar a Blanca? Hoy le pienso añadir, con mano franca, dos mil escudos más. INÉS: Eres gallardo. LUIS: Dile, si aquí viniere don Bernardo, que ella y Leonor al Prado juntas fueron, pues tengo por sin duda que se vieron.
Vanse, y salen don JUAN, TELLO y LEONOR, ella con capotillo, sombrero y enaguas
JUAN: No fue Paris más contento a embarcarse para Troya con aquella griega joya que yo contigo me siento, ni de aquel robo violento de Briseida y Hesión, Aquiles y Telamón, ni Saturno con Filira, ni Neso con Deyanira, ni con Medea Jasón. Que aunque la gloria de verte en mi poder es tan alta, que solamente le falta, bella Leonor, merecerte, pudiera, a no ser tan fuerte de tu afición el valor, que se atreviera al honor; mas llegar una mujer a no tener que temer, pasa a cuanto puede amor. Sólo me ha causado pena la confusión de la gente atrevida e insolente, que por todas partes suena. La plaza de luces llena, ¿cómo estará sin testigo donde lo es el más amigo? No sé qué calle seguir; que mal me puedo encubrir llevando mi sol conmigo. LEONOR: Aunque pretende el temor vencer la dulce osadía de mi amor, con más porfía vuelve a la batalla amor. Ya no temo su rigor, porque llegar a temer era dejar de querer, y no quiero yo dejar de quererte por hallar disculpa de ser mujer. Toda nuestra cobardía hasta los peligros es, teme el ser; pero después se convierte en valentía en la primer osadía de una mujer que hoy lloramos, culpadas todas estamos mas cuantas después nacimos, aquel daño que os hicimos con estos yerros pagamos. El que yo contigo espero como castigo me alcanza, que nos queréis por venganza de aquel engaño primero; pero yo, don Juan, te quiero (con ánimo de perder la vida) tanto, que el ser en hombre viene a mudarse, porque hasta determinarse es una mujer mujer. TELLO: En vano el tiempo gastáis donde el peligro os avisa que en el espacio a la prisa vuestro remedio libráis; ya que en la estacada estáis, vencer importa el morir. JUAN: Cuanto me puedes decir, Leonor, de tus obras creo. TELLO: Por esta calle es rodeo, por ésta podemos ir. JUAN: Yo pienso que favorece la confusión nuestro engaño. LEONOR: Sólo el conocerme es daño, que en tanto bien me entristece. JUAN: Tanto el alboroto crece, que ya parece locura. TELLO: Por eso mismo procura tanta dama, tanto coche, hacer que tenga esta noche por variedad hermosura.
Tres mozos con capas de color, broqueles y espadas: OCTAVIO, MENDOZA, y CELIO
OCTAVIO: ¡Bravo altar! MENDOZA: Es muy Bautista aquella dama, aunque pasa no por desierto su casa, según cierto coronista. CELIO: La oración, desa manera, no será para casarse. OCTAVIO: ¿No es linda? MENDOZA: Con enmoñarse, siendo otoño es primavera. CELIO: El vestido mucho ayuda. MENDOZA: ¿Nunca se ha de desnudar? ¿Ha la de andar a buscar el galán si se desnuda? OCTAVIO: Notable pontifical en esta edad viene a ser un vestido de mujer. CELIO: No hay en el mundo caudal para chapines y randas, pero todo lo merecen. MENDOZA: Brava guerra nos ofrecen con las celadas y bandas. OCTAVIO: Allí va cierto gazmonio con su servicio. CELIO: ¿De quién? OCTAVIO: Del diablo. CELIO: Tratalde bien, que puede ser matrimonio. MENDOZA: ¿Ah, señor, el de la ninfa? ¿es de Esgueva o Manzanares? JUAN: Calla, Tello, y no respondas. TELLO: No tendrá paciencia un ángel. CELIO: ¿Es alquilada o es propia? OCTAVIO: ¿Dónde la lleva el bergante? MENDOZA: ¿Cómo no lleva tendidos los cabellos virginales? Que crecen mucho esta noche, según los viejos romances. OCTAVIO: No es de mal monte la leña, pues entre dos se reparte. CELIO: ¡Cómo calla el socarrón! MENDOZA: ¿Qué os espantáis de que calle, si está enseñado a callar? TELLO: ¿Esto quieres tú que pase? JUAN: Calla, Tello. TELLO: Ya no puedo. Pícaros, si ya vinagres salís de alguna despensa, cueros vivos, hombres zaques, oliendo a tabaco el alma y las narices a parches, ¡por vida del rey de espadas, que si saco la de Juanes que ese quedará con vida, que huya y que no le alcance! OCTAVIO: ¡Oh, qué gracioso mandicho es el que la lleva y trae! JUAN: Tello, ¿estás loco? TELLO: ¿Esto sufres? ¡Afuera! JUAN: Voy a ayudarle. LEONOR: Detente, don Juan, detente. JUAN: Déjame, por Dios. ¡Cobardes, haced como habláis! OCTAVIO: Justicia viene. JUAN: ¿Ya buscáis achaques? LEONOR: Triste de mí, qué he de hacer? ¿Hay desdicha más notable? Si me conocen, soy muerta; quiero en esta casa entrarme.
Salen ALGUACILES y gente
ALGUACIL: ¡Téngase al rey! JUAN: Los que huyen se tengan, que es gente infame; que yo soy un caballero que estoy a negocios graves en la corte, y me quisieron, con palabras arrogantes, afrentar sin darles causa. ALGUACIL: Y él, ¿quién es? TELLO: Soy platicante de caballero, que ha poco que navega en estos mares, ¿Salté manda en qué le sirva? ALGUACIL: Vengan los dos a la cárcel. TELLO: ¿Cómo a la cárcel? JUAN: (No veo Aparte a Leonor.) TELLO: ¿Salté no sabe que es aquesta noche libre? ALGUACIL: Allí va el señor Alcalde; vengan y hablarán con él. JUAN: Vamos, que yo quiero hablarle, y sabrán vuesas mercedes la mucha que a mí me hace. ALGUACIL: Vengan por aquí. JUAN: (¡Ay, Leonor! Aparte Luego volveré a buscarte, si no es tanta mi desdicha que me detenga o me mate.)
Cuando los van llevando sale Don PEDRO y dice a uno dellos
PEDRO: ¡Ah, caballero, qué es esto? ESCRIBANO: Cuchilladas, disparates de esta noche. PEDRO: ¡Era a mi puerta! ESCRIBANO: ¿Mandáis más? PEDRO: Que Dios os guarde. Cansado de esperarte, hermosa Blanca, de tu calle vengo, y no pudiendo hallarte, apenas alma ni esperanza tengo. ¡Ay Dios! si te ha forzado tu hermano al casamiento concertado? Es este pensamiento, forzado soy a despedir la vida, que si del casamiento cumpliste la escritura prometida y a la mía faltaste, al umbral de la muerte me dejaste. Música y grita suena; todos se alegran, todos son dichosos; yo, sólo, en tanta pena, no puedo alzar los ojos envidiosos; que no hay mayor desdicha que no tener entre dichosos dicha.
Salen con guitarras y sonajas y canten así:
MUSICA: "Salen de Sanlúcar, rompiendo el agua, a la Torre del Oro barcos de plata. Verdes tienes los ojos, niña, los jueves, que si fueran azules, no fueran verdes. Salen de Valencia, noche de San Juan, dos pescadas saladas al fresco del mar."
Éntrense en grito y regocijo, y diga Don PEDRO
PEDRO: Envidio el contento y gusto con que estos cantando van. ¿Que en la noche de San Juan sólo yo tenga disgusto? Yo sólo, amor, siempre injusto, por tus mudanzas indigno de tener nombre divino, dudoso entre el bien y el mal, del contento general soy en Madrid peregrino. Ya no tengo qué esperar, que en esta nueva mudanza aun no quiere la esperanza acompañar mi pesar. Ya quiere el alba llorar, pues ¿qué quieren mis desvelos? Ya sus cristalinos hielos ensartan perlas en flores, o los fingen mis temores, que vuelven los cielos celos. Quiero en mi posada entrar, aunque sé que no a dormir; que no haré poco en vivir si Blanca se ha de casar. Aquí siento suspirar; parece en la voz mujer. ¿Si ella vino? Puede ser que me aguarde con temor. La honra te vuelvo, amor, y conozco tu poder. ¿Eres tú, mi bien? Pues calla, no debe de ser. ¿Quién va? LEONOR: Una mujer. PEDRO: Ella es. ¿Ha mucho, mi bien, que estás esperándome? Perdona, que con amor pude errar en ir a buscarte. Dame los brazos, y entre, que ya mi casa te espera, dueño. LEONOR: Y yo estaba, de esperar, sin vida, Teneos, ¡ay, Dios!, que ni soy la que esperáis ni vos sois lo que yo espero. PEDRO: Decís muy bien: perdonad. ¿Pero cómo estáis aquí? Que he venido a recelar que alguna traición me han hecho. LEONOR: Advertid que os engañáis. Bien podéis estar seguro que una airada tempestad de desdichas me ha traído. No puedo deciros más. PEDRO: ¿Quién está con vos? LEONOR: Si digo, señor, quién conmigo está, no es mucho que imaginéis el peligro que ignoráis; porque son tantos mis males, que por ventura podrán invisibles basiliscos, sólo mirando matar. Huid de verme y de hablarme, que son veneno mortal los males que fueron bienes. PEDRO: Dejad los ojos, y hablad. LEONOR: Quieren divertir mi pena con hablar y con llorar, cual a gusano de seda en truenos de tempestad, hacen al alma ruido porque no sienta mi mal. Con un caballero, a quien debo honesta voluntad, iba de la mano. ¡Ay, triste, cómo es imposible hallar a contradicción divina humana seguridad! ¡Qué fiesta habrá sin desdicha! ¡Qué contento sin azar! ¡Qué gusto sin su enemigo! ¡Qué bien sin dificultad! Criado y señor parecen, juntos siempre, el bien y el mal. Nunca el bien delante viene sin venir el mal detrás. Acuchilláronle aquí, pienso que muerto le habrán unos hombres que tenían por alma su necedad. Es privilegio del vulgo, en estando junto, hablar con libertad, e imposible castigar su libertad. Aquí me entré de temor, y cansada de esperar lloré perderle y perderme, porque todo ha sido igual. Pues en el talle y el traje ser caballero mostráis, amparad una mujer, ya por ser este lugar donde la halláis vuestra casa, ya porque obligado estáis a vuestro respeto mismo, que no le podéis negar, a título de ser noble, la obligación natural. PEDRO: Extraña desdicha ha sido la vuestra; mas puede os dar consuelo que no es la mía a la vuestra desigual. A nuestros perdidos dueños podemos los dos llorar, el mío, porque no viene, y el vuestro, porque se va. Yo vi llevar unos hombres presos; pienso que serán los que decís; buenos iban, bien os podéis sosegar. Sólo de vos saber quiero el consejo que tomáis para que pueda serviros, que vuestro término da, traje y discreción, indicios de ser mujer principal. Mirad si os está mejor que a vuestra casa volváis, o queréis que venga el día si tenéis peligro allá; pues no es posible que tarde, que ya parece que dan de la risa del aurora aquellas nubes señal. Y parece que los montes lo verde argentando están por la espalda de la noche líneas de plata oriental. Aquí tendréis aposento, criadas honradas hay; mozo soy, no soy casado, no habrá celos, no temáis; aun no he vendido lo libre, si bien lo quise emplear en este bien que me falta. Dios sabe si volverá. Yo iré a la cárcel mañana a saber de ese galán, tan dichoso como yo, si perdió lo que lloráis; que por la misma fortuna bien nos podemos juntar, pues caminos y desdichas siempre hicieron amistad. LEONOR: Aquí será bien quedarme, si vos licencia me dais, hasta que sepáis mañana si fué mi temor verdad. Que cuando sepáis quién soy, mi nombre y mi calidad (que agora es fuerza encubriros), yo sé que no os pesará de haberme dado favor PEDRO: Bastantes indicios dais. Caballero soy, segura vuestro honor podéis fiar de mi nobleza y mi celo. LEONOR: Conozco la voluntad con que ayudáis mi fortuna y mi temor animáis. PEDRO: Extrañas cosas suceden una noche de San Juan. LEONOR: (¡Ay, don Juan!) Aparte PEDRO: (¡Ay, Blanca! ¡Ay, cielos! Aparte ¿Cómo es posible esperar que amanezca con más bien quien anochece tan mal?)

FIN DEL SEGUNDO ACTO

Noche de San Juan, Jornada III  


Texto electrónico por Vern G. Williamsen y J T Abraham
Formateo adicional por Matthew D. Stroud
 

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Association for Hispanic Classical Theater, Inc.


Actualización más reciente: 26 Jun 2002