SEGUNDA JORNADA


 
Sale DOÑA ALDONZA y GONZALO, y él, puesta la mano en los labios con mucha hazañería y mirando a una parte y a otra
GONZALO: ¿Señora? ALDONZA: ¿Hay recato igual? GONZALO: Mira, que eres mujer noble y que está hecha la doble del secreto natural en él. Te lo dije; y mira otra vez que declararse la verdad que ha de callarse tiene culpa de mentira. Las verdades su costumbre pierden, en tal novedad, que te he dicho una verdad y ninguna pesadumbre. ALDONZA: Yo callaré; pierde el susto; y a decillo otra vez prueba que tan agradable nueva aun no cabe en todo el gusto. Dime mil veces, amigo, esta dicha toda mía, que aunque excedo en la alegría, yo la disculpo conmigo. GONZALO: El caballero, en efecto, ya que no es comparación, [tiene que hablar con razón y así en mí no es defecto]: Un obispo --y no muy lego-- advirtiendo que se hallaba mucha gente que ignoraba las cuatro oraciones, luego con graves excomuniones, dio por incurso a cualquiera que de ocho años no supiera todas las cuatro oraciones. Publicado este rigor entre los que tan severa doctrina ignoraban, era el señor Corregidor. Compró una cartilla el hombre, y con afán cada día el Padrenuestro aprendía. Llegó acaso un gentil hombre, y viéndole tan suspenso, le dijo, "¿Qué hace, vusté, seor Corregidor?" --"No sé, por Dios, que es trabajo inmenso estudiar de tantos modos; que ha dado con mil extremos el seor obispo en que habemos de ser teólogos todos". ALDONZA: Muy bien aplicado ha estado, aunque largo, el cuentecillo. GONZALO: Pues, n¢tome el cabestrillo; yo soy el mal aplicado. ALDONZA: ¿Tan nuevo precepto admita no tomar? GONZALO: ¡Qué lindo empleo mentir! Pagado lo veo. ¡Cierto es que dije mentira! ALDONZA: Muy honrado mentecato eres. GONZALO: Pagarme procura callando, y ten a ventura hallar necio tan barato. Y adiós, que vienen. Con pena voy de no habella agarrado; Vase GONZALO ALDONZA: ¿Hay suceso tan gustoso? Pues no cuesta demasía; no es inmodesta alegría holgarme con lo dichoso. Sale ELVIRA ELVIRA: No puedo apartar de mí aquel altivo semblante. ¡Qué hombre aquél! ¡Mal ser  amante quien se guarda tanto en sí! ¡Qué elevación! ¡Qué mesura! ¡Qué vanidad, y qué espanto!, que aún entendimiento tanto le embarace una ventura! ALDONZA: Ya muero por ver logradas de don Juan tantas ternezas, que en ser mayores finezas, querrán cobrarlo calladas. Elvira, ¿no se me ve que estoy contenta? ELVIRA: No había advertido en tu alegría. ALDONZA: Tengo infinito de qué, y aunque somos tan amigas... ELVIRA: Muy prevenida te espero, que ni preguntallo quiero, ni quiero que me lo digas. Y tanto, amiga, con ella, embarazada te hallamos, que plegue a Dios que podamos defendernos de sabella. Sale una CRIADA CRIADA: ¡Señora! ¡Señora! ELVIRA: ¿Juana? ¡Qué prisa traes! ¡Qué furor! CRIADA: El camarero mayor del rey... ELVIRA: ¡Qué necia! ¡Qué vana! ¿Lo acompañado te admira de un hombre y lo guarnecido de los tratos de valido, lisonja, engaño y mentira? Va por la calle muy vano, muy presumido de eterno. Todo es caudal del invierno. Deja que llegue el verano. ALDONZA: Don Juan de Ayala no es hombre que del aplauso se engaña, porque sólo se acompaña de lo grande de su nombre. ELVIRA: ¡Muy a tu cargo has tomado el defender a don Juan! CRIADA: Locas entrambas están; que ninguna ha reparado que está aquí don Juan de Ayala. Don Juan de Ayala, señora, espera en la puerta agora. ALDONZA: ¿Qué dicha a mi dicha iguala? ELVIRA: ¿Don Juan de Ayala? ¡Con susto oigo el nombre! ¿A qué vendrá? CRIADA: De parte del rey será. ELVIRA: No ser  nada de gusto. CRIADA: Buena nueva te promete, que siempre la da el privado, y se guarda lo penado a embajador de bonete. ALDONZA: Hazle entrar; no se detenga. ELVIRA: Yo no sé a qué viene aquí. ALDONZA: Si no lo sabes, yo sí; y mil veces don Juan venga. ELVIRA: ¿Tú sabes a lo que viene? ALDONZA: Sélo, y sélo de manera. ELVIRA: Ya es querer --¡cielos!--, que muera de nuevo mal. ALDONZA: Di que tiene licencia y aun libertad de entrar en todo. CRIADA: Yo voy. ELVIRA: (¡Oh, qué bajamente estoy Aparte temiendo!) ALDONZA: (Mi voluntad, Aparte ¡qué buen empleo te di!) Sale DON JUAN JUAN: (Pasos de mis desvaríos, [Aparte] ya, ya parecéis más míos, que todos sois contra mí. ¡En qué trance que se halla! ¡Cuánto afán mi pecho encierra: que es mía toda la guerra, y para otro la batalla!) DON JUAN les hace reverencia, y ellas a él. ALDONZA: (¡Oh, si nos dejase Elvira!) [Aparte] ELVIRA: (Todo agravia a mi memoria). [Aparte] JUAN: (Todo es muerte y es vitoria, [Aparte] cuanto huye y cuanto mira). Hace que se va ella ALDONZA: ¿Te vas, prima? ELVIRA: (No se van Aparte las penas que a tener vengo). Si ningún negocio tengo yo con el señor don Juan, ¿qué he de hacer aquí? JUAN: Esperad, señora, que os busco a vos. ALDONZA: (Esto no previne, ¡ay Dios! [Aparte] ¡Qué cobarde voluntad! ¡Valerse de Elvira quiere, para que me hable por él! ¡Qué injusto miedo es en él lo que calla y lo que muere! Quiero dejallos aquí). ¿Elvira, prima? ELVIRA: ¿Qué quieres? ALDONZA: Si confïalle quisieres, también se lo ofrece en mí. Vase ALDONZA [y] sale el REY al paño ELVIRA: (¿Hay confusión semejante?) [Aparte] REY: (Salgo a obedecer la ley. [Aparte] Perdone esta vez lo rey, que he de cumplir con lo amante. No es acción digna de mí, de la sangre y de la fe desconfiar; más pues amé; a más cosas me rendí. ¡Qué atentos los dos están! Uno mata, y otro admira). JUAN: (Ya no hay que morir, Elvira). Aparte ELVIRA: (Ya no hay que vivir, don Juan). Aparte JUAN: Bellísima y generosa, clara Elvira, en quien se ven las grandezas de Aragón y los blasones de Urgel; el rey, que Dios guarde, Alfonso el grande, el invicto, a quien las gloriosas partes de hombre se las envidia lo rey; este esclarecido y bello mancebo en quién duda es o más reinos en su mano, o más triunfos en su pie; cuyo valor tiembla Italia, cuyo imperio será en él adquirido por justicia, si ofrecido por merced; cuya temprana prudencia [reina] en el pueblo fïel; más fuerte es en el amor las coyundas que en la ley; cuya diestra, cuando lidia la bruta erizada piel, todo lo marcial describe un rasgo de lo montés; cuya gala, cuando al rayo andaluz sale a correr, todo el buen aire le infunde al céfiro cordobés; cuyo ingenio soberano, César nuevo puede hacer entre su espada y su pluma, verde batalla el laurel; cuyas altas perfecciones, medidas ninguna vez en deudas copia la pluma, y en injurias el pincel. El rey, en fin, que este nombre lo llena todo, por quién debemos a la experiencia cuánto se creyó a la fe; en medio de tan severos cuidados que pueden ser de suelo y blasón romano tanto augusto aragonés, aquel espíritu ilustre, que tan superior se ve, que en todo, y más en sí mismo, es deidad, es hombre, es rey. Ya rendido al grave imperio de tus ojos, quiere en él batir el alto estandarte de su albedrío a tus pies. Sabio, fuerte, insigne, y cuanto es dentro en sí mismo, en que los Alejandros y Aquiles gimieran envidias de él. Todo mayor lo acredita en tus victorias, que en vez de tremolar en su amor las iras de tu desdén, en debidas atenciones, amante verás crecer a los milagros de hermosa, las beldades de cortés. Un amor decente y justo, muy bien puede merecer ingratitud, mas no queja; que hay poco de mucha ley. De la beldad imperiosa, la soberana altivez, que armas hace de lo injusto y glorias de lo crüel, negalle el agrado puede a un afecto en el querer, pero no quitalle el premio de morir y elegir bien. Elvira, Alfonso requiere dos lisonjas: --Puedes ver de méritos.-- Una en tí, --y de aciertos--, otra en él. Cuánta hermosura contiene la dulcísima esquivez de tu semblante, que al cielo es envidia y copia fue; cuanta belleza produce tu flamante rosicler, que en tu cara nievan flores las auroras de la tez; cuanto es en ajeno mayo, luciente blasón de un mes, y en tus labios no se paga de eternidad un clavel; cuantos en tus divinos ojos sabe enlazar, sabe arder, rasgos de sol, el incendio, lazos de estrellas, la red; en fin, cuantas perfecciones en tí floridas ves, pleiteando o excediendo lo deidad o lo mujer, no te acreditan de hermosa igualmente que el tener de Alfonso el alma; que él sólo supiera elegir también. Cuantas grandezas escucha tu admiración de este, pues, fénix real, que lo debe más al vivir que al nacer; cuanto en valor, en ingenio, en virtud, en gloria, y en aplauso le atiende el mundo, arbitrio glorioso de él, no le da estimación tanta como amar y padecer en tu amor, que más lucido que por sí reina por él. La majestad, la grandeza, la fortuna, que tal vez hace atrevida la dicha, y hace grosero el poder, para triunfo y premio tuyo lo guarda, y quiere que estén obedientes sus finezas a las leyes que les des. Elvira, el rey es rey grande, y lo sabe parecer. Tanto que en hombre, le sobra la majestad al papel: verdad, secreto, decencia, glorias suyas todas tres. Sufrir, adorar, sentir, obligar y padecer; todo es seguro en su amor; todo es fácil en su fe; todo lo ofrece primero, (y que muera yo después). [Aparte] ELVIRA: ¿Ha dicho el señor don Juan? JUAN: Y no queda más. ELVIRA: Esté atento; que a mí infinito me queda que responder. Cuando escuché el grande estruendo y el prevenido tropel de hazañas y de grandezas, tan dignas de tan gran rey, creí que el señor don Juan le venía a proponer una nueva guerra al turco, o vieja liga al francés; que a proponerse galán, basta un caballero, en quien la sangre, y no la fortuna hable y merezca por él. ¿Bien parece que aun no llega vueseñoría a saber que fue el infante don Jaime mi agüelo y también que fue mi hermano el competidor de este reino, y que es en él mi nombre? (¡Oh, vil caballero!) Aparte JUAN: Todo, señora, lo sé. ELVIRA: Pues si lo sabéis, don Juan, y juntamente sabéis que el rey se casa en Castilla, decidme, ¿cómo, por qué, Tratándole halla[r] marido, galán me le proponéis? ¿Quedóle al rey otra injuria que imaginar o que hacer a la casa de mi padre, y al nombre ilustre de Urgel? ¿Yo, amores del rey? ¿Yo dama? ¿Yo, permitir, yo atender a cuidados que se esconden y a traiciones que se ven? ¿Yo, pagar la ociosidad de Alfonso? ¨Yo, entretener sus años? ¿Yo, divertir? ¿Yo? ¡Templad su indigna red! ¿Qué bajamente pensásteis de mí? ¡Qué mal conocéis mis bríos; que aún le durara lo partido del laurel! REY: (¿Queréis responder, don Juan? [Aparte] ¡Qué altiva, hermosa esquivez! ¡Con miedo espero!) JUAN: (¡Qué estrechos [Aparte] cielos navega mi fe!) No tenéis razón ninguna, señora, y no perdoneis: que la indignación no es culpa, que el amar no es ofender, y es tanto un rey, y más tanto como Alfonso, que a poder ceñir floreciente hiedra más alta hermosa pared no era queja, no era injuria en prendello, y para ser, no digo desvelo suyo, sino cuidado cortés. Al rey bastar no pudiera --ora enamorado esté o lo solicite ocioso o lo parezca fïel--, menos sangre que la vuestra, menos beldad y altivez, menos gloria, menos alma, menos luz, menos mujer. ELVIRA: Desalumbrado primero os oí, mas no escuché groserías embozadas en tan necia y buena ley. ¿Por qué lícitos caminos la gracia al rey merecéis, formándole gusto grande al aplauso aragonés? Vilmente viene tras fortuna. ¡Empresa indigna! Ponéis, la primera huella en que pisen los despeños del poder. ¿Vos, de negocios tan flacos, ministro? ¿Vos ejercéis? ¿Matáis?; que aún las callara la osadía de un papel. ¿Vos, a mí, recados? ¿Vos? ¡Sois un necio, un infïel, un desatento, un villano, un grosero, un descortés, un ignorante, un soberbio, un atrevido, un crüel! (Un ingrato iba a decir, Aparte y el alma voy a perder). Vase [ELVIRA] REY: Mujer fiera, y ley hermosa de crïado, yo daré la victoria --a mi nombre--, y el remedio a su desdén. Vase [el REY] JUAN: Fidelidad costosa, de ilustre sangre obligación primera: no basta que yo muera, pues me veo en desdicha tan hermosa y en pasos tan perdidos fiel al rey, y traidor a mis sentidos. ¡Quejoso esté lo amante! ¡Dé voces contra mí la propia vida, que en fe, nunca vencida y en un pecho constante, la que lealtad se nombra al rey, que es todo luz, le adora en sombra! Un alivio, mi pena, allá en tanto dolor y en mal tan justo, que todo muere en mí, si no es el gusto; pues ni rompo la ley ni la cadena, y Elvira siempre amada aunque ofendida. Viva en mí la razón y no la vida. Sale ALDONZA ALDONZA: Con gran ceño y grande enfado, y sin hablarme se ha ido. Sin duda, Elvira ha sentido que me quiera demasiado. Señor don Juan, ¿qué temor existe?; que no es culpado en respetos sin cuidado y en decencias un amor. Hablad, decid, confïada vuestra pena bien sentida; que puede ser que en lo oída, le restaureis lo callada. No detengáis vuestras glorias; que esperar que una mujer diga que os quiere es querer, sin pelear, dos victorias. JUAN: Sólo responderos puedo, se¤ora, que aun lo pensado dentro de lo imaginado, obedece todo al miedo. De una lucida fatiga que en alta parte se emplea consiste el premio en que sea y el alivio en que se diga. No vive a tonta jamás la fe a semblantes ajenos; que nadie ha menester menos que el que sabe querer más. De amor sé el sabroso encanto, pero de ajeno dolor yo sé poco; y a mi amor no le sufro yo hablar tanto. Vase [DON JUAN] ALDONZA: ¿Hay tan antiguo y tan nuevo amante? ¡Perdone el gusto! Ya le ocasione y ya es justo, pagarme lo que me debo. ¿Yo decillo y llegar yo a buscalle para mí? El dejar hallarme, sí, pero tan hallada, no. Sale GONZALO GONZALO: ¡Valga el diablo el mundo infame! No tomar ni recibir y siempre escuchar y oí[r] la tremenda voz de un "dáme." Yo estoy loco de furor; que no hay quien no llegue a creer que yo, yo le puedo hacer obispo o corregidor. Y porque el vulgo crüel no diga cuál va el picaño a más de alguno que antaño no hiciera yo caso de él, abonetadas le aplaco, muy puesto yo en ser bien quisto Que no valgo, --¡vive Cristo!-- dos higos para bellaco; pero, ¡quedo!, que está aquí doña Aldonza, mi señora. ¡Qué contentada estará agora! ­Oh, mi amo! Luego la vi. Que tras tanta jerigonza de callar sin declararse, había de enamorarse de toda una do¤a Blanca. ALDONZA: Gonzalo es éste. GONZALO: Ama mía, ¿qué tenemos? ¿Hubo en prosa billetón enmarañosa, [en que algo el amor se fía?] ¿Hubo papelón pulido, en lenguaje de obra prima y en desatinada enigma, sin entenderse, entendido? ¿Hubo plática penayda? ¿Hubo turbación famosa? ¿Hubo queja misteriosa? ¿Hubo también... ALDONZA: No hubo nada. GONZALO: ¿Cómo? ALDONZA: Tu dueño llegó; habléle, ocasión le di de hablarme y sólo entendí que nada me respondió. O no ha resuelto el papel de declararse, o espera que yo lo haga todo. GONZALO: Fuera gran descanso para él. ALDONZA: ¡Gracioso menguado estás! GONZALO: Yo pienso que de malicia. Calla, y si no es por justicia, no le harán hablar jamás; que no es posible que haya quien calle. Y aunque el se está, vizcaíno vienen ya papagayos de Biscaya. He aquí: albricias te pido, que estar seco y no obligar es que ya empieza a gastar necedades de marido. ALDONZA: Gonzalo, resuelta quedo y no es gran presunción mía: a no dalle la osadía, basta que le quite el miedo. Vase [ALDONZA] GONZALO: Furiosa va si el reclamo no es cierto. Mas, ¿quién lo impide que lo Aldonza y de lo pide lo exquísito de mi amo? Pero aquí viene gran gente del seor mi amo. ¡Oh, que bien murmurara, y yo también lo ayudara lindamente! Quiero escuchallos, mas no, que en fin, si lo he de callar, ¿qué presta? Y si lo he de hablar, basta que lo invente yo. Van saliendo DON BLASCO y los CORTESANOS. LUPERCIO: No siempre el mundo es el malo. CORTESANO: Ved que está un crïado allí. LUPERCIO: Bien me advertís. Ansí, servidor señor Gonzalo. Hacen muchas reverencias a GONZALO los CORTESANOS. BLASCO: Ved, ¡qué atención! LUPERCIO: ¡Tanto ocio! GONZALO: ¿Ocio? ¡Si de holgarme vengo! LUPERCIO: Con vuesté un negocio tengo. GONZALO: Si es conmigo no es negocio. Vase [GONZALO] LUPERCIO: ¡Qué ángel, común sentimiento el que es don Juan afectado y que tiene en lo extremado excesos de entendimiento! Es hombre que a la extrañeza se entrega todo y le aplace lo más singular y hace de la cortedad grandeza. Y siendo ayer el aliento de lo festivo, entregado hoy al desvelo y cuidado muy pesadamente atento. A su fortuna deshace con la estrecheza en que vive, tan crudo que aun no recibe las gracias del bien que hace. El retiro de don Juan, no hay sufrille; y más en nuevo reinado y con rey mancebo, bizarro, ardiente y galán. Ya cansa tanto despierto vivir, tanta rectitud, tanta modestia y virtud. ¿No digo bien? BLASCO: No, por cierto; que hablaréis con más templanza y aun no tuviérais disculpa si lo que halláis para culpa, buscáis para alabanza. Y no queráis otra muestra, que en su favor os arguya; pues viene a ser gloria suya hasta la comlunia vuestra; que ejemplo Aragón ha visto igual en celo, en pureza, en templanza, y entereza; que el poder sólo es mal quisto. ¡Qué crïados tan compuestos los suyos; y qué ceñidos sus ministros, y excedidos de humildes y de modestos sus deudos! ¡Que a maravilla lo fueran! En Aragón no los tiene, y todos son los mayores de Castilla. ¿Quién a tan gran caballero niega el honor que merece?; que en gobiernos se aborrece no el peor, sino el postrero. CORTESANO: Si a tanta luz descubiertas sois de sus partes testigo, ¿por qué sois vos su enemigo, y nunca entráis por sus puertas? Que os celebra Zaragoza por su enemigo y por hombre de valor, y vuestro nombre lucidos aplausos goza. BLASCO: (¡Si piensa esta gente infiel Aparte que me lisonjean ansí, diciéndole a él mal de mí! ¿Qué lisonjas le haré a él? ¿Esto es enemigo o cierta locura? Luego será su amigo el que siempre está gigante hambriento a su puerta. Aquí la fortuna, el sello hecho, que viendo [a] mentillo, está obligada a sufrillo, y alguna vez a creello). Si en la ambición que a otra abrasa, nada quiero que me den, y hablar y querelle bien lo puedo hacer en mi casa. Yo le estoy lisonjeando; yo, quien le cohecha soy porque yo el tiempo le doy, que todos le estáis quitando. LUPERCIO: ¡Gran hombre! BLASCO: Mudan lenguaje los que émulos suyos son. También todo es ambición, sino que anda en otro traje. Vanse [y] salen el REY y DON JUAN REY: Brava mujer, mas locura es presumirse tan bella y grande. JUAN: Señor, en ella aun lo fiera es hermosura. REY: Don Juan, yo he de porfïar, que aunque la fe es poderosa, tiene opinión de dichosa una porfía en amar. JUAN: Señor, en tu bizarría y grandeza, que con fe sólo ha de amar, no hay en qué se ejercite la porfía. Acuérdate que no has hecho a don Blasco de Alagón merced, y hacella es razón. REY: No he quedado satisfecho, don Juan, de tu diligencia, y otra quiere amor que intente. JUAN: (No está en más de lo que siente). Aparte Haces bien; que una experiencia, muchas esperanzas quiere. REY: Quien de noticias se priva aunque muchos siglos viva, sólo cuente lo que muere. JUAN: (Que satisfecho no quedo). Aparte Dice el rey fuerte razón, mas, ¿qué importa corazón?, que sin la culpa no hay miedo. Vase [DON JUAN] REY: Poderosa pasión, que aun más ardiente que en sí propia en ajenos hielos arde, cuanto me opongo a tu rigor más tarde, menos domado espero el accidente. Este dolor infiel que obliga y siente, de mi rendido afecto no haga alarde; resistámosle y muera, que un cobarde sólo en flaqueza ajena está valiente. Si don Juan fino anduvo a un mayor nombre, me estoy debiendo a mí; páguese agora un abismo de fe con otro abismo. Y aun ventaja de rey me debo en hombre que siempre el rey, con alma vencedora, ha de estar sobre todo y en sí mismo. Sale ELVIRA ELVIRA: Volvió en ira el amor; dejó sangrienta la memoria, y mi pecho es tan villano que aun no aborrece la rebelde mano. ¿Qué osó la herida, y qué logró la afrenta? ¡Ah ignorante!, ¡ah dormida!, ¡ah desatenta alma de un hombre vil, que acuso en vano! y ¡oh, corazón, de mi quietud tirano, que estragos tantos ve y aún no escarmienta! Tres batallas, tres guerras temo agora: del rey la furia, de don Juan la calma, y una sospecha que en mi pecho lidia. ¡Desdichas vengan, muchas en buen hora! [¡Que ni esas batallas quepan en mi alma, ni la sospecha de otra que me envidia!] REY: (¡Qué esquiva que viene Elvira!) [Aparte] ELVIRA: (¡Qué mesurado el rey viene!) [Aparte] REY: ­Qué suya que es la hermosura! [Aparte] ELVIRA: ¡Qué altivo se muestra siempre! [Aparte] REY: Elvira, ya tu respuesta... ELVIRA: Vea vuestra alteza, si quiere, que se la diga otra vez; que la diré muchas veces. Diga esto ELVIRA muy apresuradamente. REY: Todo es hermoso en lo hermoso; no embaraces más desdenes; y oye, que no vengo amante, sino rey que sabe y puede. ELVIRA: (Si esto es amenazas, ¡viven Aparte los cielos! ¡Que no, no tienen los asombros hartos miedos, ni los males hartas muertes!) REY: Elvira, don Juan de Ayala en valor, nobleza y suerte es lo que dice su nombre: que la sangre nunca miente. Es sin presunción, discreto, es sin destemplanza, alegre, sin extrañeza, bizarro, sin demostración, valiente. Virtud es de caballero; en mi gracia le guarnecen ni riguroso lo gusto ni pesado lo prudente. El lugar que yo le he dado --bien que en pequeñas mercedes, porque él las resiste todas-- es lo menos que él merece. Yo he sabido --yo sé Elvira--, que te adora y que padece a toda su pena mudo y a toda esperanza ausente. Yo sé que en tu nombre vive; yo sé que a tus plantas muere, a sólo tu amor rendido, y a sólo su voz rebelde. Sus partes por él dan voces, que la llama que enmudece y entre sus cenizas arde, oculta incendio más fuerte, como en los campos del hielo, quejosa oprimida fuente, mal sufrida y bien atada a los lazos del diciembre; muda en su prisión el agua entre el vidrio transparente bulle, y respira en el centro blandos gemidos la nieve. Ansí en don Juan, detenidas las ansias en sus corteses afetos, señas brillaban de suspiros más ardientes. Don Juan es empleo justo de tus méritos, que deben a los suyos no menores esclarecidos laureles. Él te adore, él te merezca; él te conozca; pues tiene un rey que de voz le sirva, y una deidad que le premie. ELVIRA: (¿Qué es esto? ¿Un rey con tal arte? Aparte ¨Y tan libre y falsamente pone tan indignos lazos, descoge tan flacas redes? ¿Un príncipe, un rey se pone y con traza tan aleve a desabrochar un pecho que en paz tan despierta duerme? ¿Esto en un rey es camino de saber? ¡Oh, si supiesen qué grandes, qué soberanos a todo nacen los reyes!) REY: ¿Qué respondes? ELVIRA: Que no hay rey que en un día a tener llegue dos embajadas tan graves en un negocio tan leve. Nunca el superior ministro, ni el príncipe, nunca suelen ser contra nuestra esperanza embajadores tan verdes. Esto respondo al estilo y a la sustancia. ¡Que intente vuesa alteza hazañas dignas de quien es! Pues, resplandece en tan heroicas virtudes, que en un rey es más valiente lo que pelea en sí mismo que en lo que los otros vence. Que no es ésta ocupación que con el nombre conviene de Alfonso el Ma[g]no, si todo las lisonjas no lo mienten. Si es casamiento, a mis deudos, si es amor, los ojos siempre en el silencio se informan, y en el retiro se entienden. Yo no pretendo ni espero que sólo Elvira pretende una estimación que prive y una libertad que reine. REY: Elvira, advierte, que digo... ELVIRA: (Don Juan, ¡qué peligro advierte!) Aparte Que soy todo lo que debo. REY: Señora, ¿qué no me entiendes? ELVIRA: Entiéndote demasiado. REY: ¡Oye, mira, escucha, vuelve! ELVIRA: (¡Hombre astuto!) Aparte REY: (¡Mujer rara!); [Aparte] ¿qué te recatas? ¿Qué temes? ELVIRA: Con temer no hay qué temer. REY: ¿De qué huyes? ELVIRA: De temerte. REY: ¿Temor? ¿Quién lo vence todo? ELVIRA: ¡Ah, caricias infïeles! REY: ¡Mira que te quiero ajena! ELVIRA: ¡Mira que yo sé quererme! REY: ¡Mira que rey he nacido! ELVIRA: ¡Mira que no lo pareces! REY: ¡Mira que a un príncipe agravias! ELVIRA: ¡Mira que a una dama ofendes! REY: (Si medios nobles desprecias, Aparte guarda que irán los más fuertes). ELVIRA: (Engaños, todos sois flacos. Aparte Lo que ha de vencer, ya vence).

FIN DE LA SEGUNDA JORNADA

Ni callarlo ni decirla, Jornada III  


Texto electrónico por Vern G. Williamsen y J T Abraham
Formateo adicional por Matthew D. Stroud
 

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Actualización más reciente: 26 Jun 2002